Lo vi y déjame decirte que fue un ejercicio de voluntad propia. Si hace un mes me decías que me iba a encontrar en mi sofá viendo a Carlos Ponce y a María Conchita Alonso hablando inglés en un programa de “realidad” en VH1 llamado ¡Viva Hollywood!, no te lo creería. Realidad merece comillas porque el mundo de estos programas simplemente no es el mismo que yo conozco. En mi realidad, los adultos por lo menos disimulan no ser igual que jóvenes de escuela superior y no hacen cosas como enamorarse de un desconocido en dos días o decir cosas como: “Él es el amor de mi vida y me voy a comer estos testículos de toro para probarlo.” Yo lo que tengo son dos décadas en esta Tierra y estoy casi seguro de que no me comporto así.
No todos los programas de este género televiso, muy particular del siglo XXI, son bazofia y totalmente vacíos de valor redimible (sugiero la competencia alrededor del planeta, The Amazing Race), pero la mayoría son descarados al clasificarse como entretenidos. Así que al ver ¡Viva Hollywood!, me convencí de que por lo menos me reiría, para así evitar arrancarme los ojos en anticipación.
En este programa, vemos a un grupo de latinos/hispanos (o como sea que se quieran llamar) aspirantes actores en una serie de escenas que ejemplifican las emociones que predominan en las telenovela de Telemundo, con la esperanza de ser el ganador y formar una parte en el elenco en una de éstas.
Aprovecho este momento para aclarar dos errores en la oración anterior. Primero, que La Pasión, primera escena en la competencia, aparentemente significa para los hispanoparlantes una pelea o discusión, ya que esa era la trama de cada escena. Y segundo, llamar actores a la gente que utilizan el total de sus funciones motoras para juntar palabras en oraciones y decirlas coherentemente en las telenovelas es un insulto a artistas como Ethan Hawke (el hombre es un genio).
Como anteriormente mencioné, ignoré mis preconcepciones para intentar por lo menos reírme. Buenas noticias, lo logré. No sé si era el bajo costo de producción, evidenciado en los tristes disfraces y patéticos libretos o los cómicos acentos en inglés de los concursantes al decir joyas poéticas como: “I am sorry, but you are a puta.” Sé que no debería reírme de las limitaciones con el inglés de estas personas, ya que hacen lo mejor que pueden, debido mayormente a que saben más inglés que los estadounidenses saben español. Pero yo no sé francés y lo admito, y no intento ser actor en la televisión francesa.
Luego de disfrutarme las necedades ininteligibles de María Conchita Alonso -no hablaré de Carlos Ponce porque era el único que parecía un adulto coherente y me da pena que tenga que sufrir esta tortura para revivir su carrera- me dediqué a pensar. Se me ocurría que tal vez este programa no era tan jocoso nada. ¿Que pasará cuando un joven blanco de un lugar como Boise, Idaho vea este gallinero y cree una inevitable conexión en su cerebro entre esa gente y la población completa de América del Sur, América Central y el Caribe?
Esta reflexión trajo inevitablemente a relucir el viejo dilema de la visión estereotipada que tienen los estadounidenses de los latinos. ¿Debemos celebrar las pequeñas victorias culturales logradas cuando vemos a un personaje nuestro entrar en la palestra mundial, por más sencillo y estereotipado que sea? ¿O debemos esperar algo más? En nuestro caso, cada vez que un personaje puertorriqueño aparece en una serie de televisión o película, se puede concluir que una persona más aprende algo sobre nosotros.
Por más unidimensional que sea la visión que se tiene de nuestra Isla, influenciada mayormente por la época del auge de Ricky Martin, la realidad es que si no fuese por él, los japoneses todavía no se hubiesen enterado de nuestra existencia. Pero esto no significa que no debemos anhelar a tener exportaciones culturales con un poco de más sustancia. En fin, ¿me preocupa lo que pensará el resto del mundo al ver este ejemplo de lo que es ser latino? Claro, pero no me alarma. Cualquiera que tenga dos dedos de frente entiende que los medios masivos no son ni la única ni la mejor forma de conocer una cultura. Por ahora, me excita los sentidos pensar que voy a ver a Walter Mercado hablando inglés en VH1.