En la entrada del Teatro de la Upi nos negamos a probar las pizzas que repartía el comité de Barack Obama a cambio de firmas. “Una asamblea se llena más que esto, pero desde luego, las asambleas se prestan para catarsis emocionales”, dijo mi amigo Frico, a lo que le respondió una de las ujieres, “lo que significa que se va a llenar eventualmente; es época de finales”. Y era verdad; tenía un examen final a las cinco y dos monografías, pero aun así, llegué y entré, porque lejos de apatía política, lo que sentía era una curiosidad morbosa de querer escuchar lo que sospechaba no escucharía.
Subió el telón, con el dramatismo que sólo puede proporcionar el contexto boricua. Aquello no era un foro para el intercambio de ideas. Desde el principio teníamos altas expectativas; era un debate con candidatos aspirando a la gobernación del País, en un momento donde los trapos sucios de todos estaban expuestos: el fiasco de las acusaciones federales en contra del gobernador y candidato a reelección, Aníbal Acevedo Vilá; el cuestionamiento de la validez ética en el arrendamiento de la sede de Puertorriqueños por Puerto Rico, la crisis en la que está sumida el Partido Independentista Puertorriqueño, a consecuencia de los “pivazos”–entre muchas otras cosas– y la profunda división en el Partido Nuevo Progresista luego de las primarias. A pesar de esto, tres de cuatro se dieron cita.
Los candidatos, en sus respectivos podios, se apoderaron de la tarima del Teatro. Las luces dieron fuerte en el escenario, haciendo brillar la calva de Aníbal. Me recordó aquel mítico debate entre John F. Kennedy y Richard Nixon en el 1960, donde las entradas de Nixon, gracias a las luces de fritanga, parecían estar perspirando incontrolablemente. La sonrisa de Rogelio Figueroa no cabía en su rostro y no era para menos; tenía su partido las mejores ideas y soluciones más concretas, pero todo se perdió entre el desinterés que causó su retórica pacifista y la eventual descarga de Edwin Irizarry Mora en contra de la administración de Acevedo Vilá (y la de todo el mundo). Desde donde estábamos sentados, Irizarry Mora se parecía a Bill Murray en Lost in Translation, sin expresión alguna en su rostro, o quizás era su poker face en apogeo.
El gran ausente fue Luis Fortuño, quien ya había anunciado que no iría. Me resultaba extraño porque en la edición de El Nuevo Día del lunes, apareció el candidato por el PNP junto al derrière de dos maniquíes de Kress en el Paseo de Diego en Río Piedras. ¿Había tiempo para jangiar en Kress pero no para ir al debate universitario? Yo seguía aferrada a la teoría de conspiración colectiva: que Fortuño iba a estar esperando en el parking de Naturales hasta que empezara el debate, y entraría al Teatro, fashionably late, para tomar desprevenidos a todos, estilo Rafael Hernández Colón.
Comenzaron los turnos. A Frico se le cayó el celular al piso, así que nos agacharnos entre los asientos para buscarlo, cuando repentinamente, y en medio del primer turno del gobernador, una manifestación orquestada por parte de la Unión de Juventudes Socialistas (UJS) interrumpió la actividad. Frico se dio en la cabeza por el estruendo, y haciendo eco de lo que muchos pensaban, dijo, “¡ya me estaba raro que los socialistas no hubiesen formado una pendejá antes!”. Cargaban un cartelón y coreaban “¡Aníbal, corrupto, anti obrero!”, mientras lanzaban al aire hojas informativas de la UJS. Parecía un musical o una instalación surrealista; la prensa salió corriendo del foso para ir a fotografiarles, los tres candidatos se miraban con cierta incredulidad, el comité de organización de la Asociación Puertorriqueña de Estudiantes Periodistas se quería morir y el estudiantado, en claro repudio a la cafrería que estaba ocurriendo, reclamó la salida de los manifestantes. Debo admitir que no tengo idea como entraron la pancarta, pero respetando sus derechos de libertad de expresión, su manifestación estuvo bien planificada y organizada. “Esto es lo que hace la Upi la Upi”, dijo Aníbal, en lo que fue quizás su premisa más acertada en el debate.
Teníamos preparado de antemano un score board para traducir quién se destacaba más en cada ronda de preguntas. Pero algo singular ocurrió; el tablero nunca se usó, porque ningún debatiente, según nuestro criterio, pudo contestar a cabalidad y sin politiquerías las preguntas de la APEP. La declaración de un amigo de la APEP, quien se amparó en la quinta enmienda, resumió el clima de la actitud de los aspirantes a gobernación: “Carajo, uno que se faja tanto montando esto, ¡para que ellos vengan sin propuestas!” APEP = 1, Políticos = 0
Ya calmados los ánimos, los candidatos lucían parcos al hablar de issues que no tenían controversias políticas. Sólo cuando se habló del status de la Isla se sintió la tensión de nuevo en la sala, en el momento que Irizarry Mora le pidió a Acevedo Vilá que explicara en que consistía su concepto de soberanía. Como era esperado, otra bola de humo fue lanzada por el candidato. Aníbal volvió a lamentar que Fortuño no estuviese en el debate. Yo también. Miraba hacia atrás, esperando verlo entrar, su melena brillosa bandeándose, y él, agarrándose la chaqueta y acomodándose la corbata. Pero nunca llegó; en el noticiero de las cinco habló desde Capitol Hill con un fondo de cartón pintado.
El éxodo de las cuatro de la tarde comenzaba. Algunos estudiantes comenzaron a salir del Teatro, disgustados con las ponencias y extenuados, antes de que concluyera la actividad.
Está más que claro que las preocupaciones de los estudiantes son las mismas que las del resto del País; si no pudieron contestarnos, ¿qué harán a la hora de rendirle cuentas a la masa votante? No somos juventud apolítica como se nos quiere etiquetar; queremos respuestas, queremos ofertas, queremos cambio, porque a nosotros nos va a tocar bregar con el despilfarre y desbarajuste que nos va a dejar esta generación. Tenemos voz y poder, y lo vamos a utilizar. Las ganas de hacer la diferencia y el esfuerzo puesto en la organización de la actividad fueron sin precedentes.
Lamentablemente, la oportunidad no se aprovechó. Toda esta situación me dio hambre; la firma para endosar a Obama a cambio de pizza parecía oportuna en estos momentos.