colaboración por Rafael Josué Vega

La aventura –al menos la mía– comenzó a las 8:30 de la noche. "Vamos, te hago café en casa y te compro la dona en la panadería", infructuoso pero genuino… la fila no era alentadora, pero ella quería disfrutar la dona acabada de salir, y por eso, la invitación de su acompañante a la panadería no la hizo perder su turno. Tengo que admitirlo; por un momento pensé hacer lo mismo que mi vecino de fila propuso, pero después de estar casi hora y media detrás de unas 150 personas (quién sabe si más), todas con el mismo fin, exclamé: “¡ya pa' qué! ¡ya estoy aquí!”
En realidad era una excusa para mi tranquilidad mental; en varias ocasiones me indignaba conmigo mismo, pensando que estaba en una fila, simplemente para comprar unos 52 gramos de masa. Lo irónico es que la situación tenía paralelismos con la de Homero Simpson, que por comer una dona, desató una catástrofe en Springfield. Ahí todos nos reímos.
El escuchar que a las seis de la mañana poco más de 600 personas esperaban la apertura de la tienda, te "alentaba" a que no abandonaras la interminable fila. El rico olor a dona calientita, te anestesiaba el consciente y erróneamente pensabas, ya mismo llego. Habían pasado dos horas desde que entré a la cola y todavía las personas seguían llegando… ¿el servi-carro? No se veía el final. Eran las 10:30 de la noche.
En la literalmente kilométrica fila, los antropólogos podían haber hecho su agosto, aunque el que realmente hizo su agosto, fue el dueño de Krispy Kreme, y, ¿digo agosto? Nah, hizo su septiembre, su octubre, su noviembre y por ahí sigue…
Pero regresando al estudio antropológico, en esa línea había de todo un poco. Los que, como si estuvieran en Disney, se tomaban fotos una y otra vez. Las madres regañonas se mezclaban entre los corillos de chamacos que habían cambiado el jangueo de Shannon's Pub por la amena actividad. Los noveleros, que confiaron en aquellos que les dijeron que las donas sabían brutales, y hasta una secretaria entaconá, con su traje de uniforme azul, esperaba hacer su orden.
Pero, ¿qué hacía toda esa gente allí? (Además de comprar donas.) ¿Realmente tanto poder de convocatoria tienen unas 200 calorías? Por momentos pensé, los puertorriqueños necesitamos algo en qué invertir nuestro tiempo.
Pero, ¿qué hacía toda esa gente allí? (Además de comprar donas.) ¿Realmente tanto poder de convocatoria tienen unas 200 calorías? Por momentos pensé, los puertorriqueños necesitamos algo en qué invertir nuestro tiempo.
Y es que luego de un fin de semana en el que lamentablemente se registraron unos 18 asesinatos en nuestra Isla, y en el que la cifra aumenta una treintena más que el año pasado, un puñado de harina no debe ser nuestra prioridad. En un País donde los legisladores agrandan sus cuentas bancarias a cuenta nuestra y se entretienen en los medios con sus dimes y diretes, la indignación debería ser mayor.
Pero, ¿esa indignación, tendrá el mismo efecto de invitación que la levadura? ¿Estamos dispuestos a hacer largas filas para protestar y hacer sentir nuestra molestia ante aquellos que anteponen sus intereses particulares frente a los del Pueblo? ¿Queremos amanecernos para más que celebrar el encendido de un letrero que anuncia la apertura de una tienda, quizás, en vez, para gritarle a los matones que no queremos más muertes de inocentes?
Todavía sentado, sigo pensando el poder que tiene esa tienda que Vernon Rudolph estableció hace 71 años. Lo cierto de todo es que disfruté de una dona recién hecha, que me llevó a re-pensar mis prioridades.
Eran las once.




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