Semana Santa a tres tiempos
por Tanya Alves Otero
Ave María Purísima. Sin pecado concebida. Las manos bien apretadas, la cabeza mirando el suelo, los pies inquietos, la boca temblorosa escupiendo los pecados... Uno a uno los dije todos, y aquel, envuelto en sus blancas y purpúreas vestiduras pronunció las palabras que culminaron la tortura.

Así comenzó para mí la Semana Santa. Y a juzgar por la cantidad de personas que a coro murmuraban sus faltas, no fui la única que la emprendió de esta manera. ¡En mi vida había esperado tanto para confesarme! Más de una hora en una fila que se movía de banco en banco. Un verdadero suplicio que empieza con tener que darle “rewind” a la película para ver cuantas veces mentiste, robaste, deseaste o envidiaste, y que culmina con reconocerlo y confesarlo. Es terrible, pero allí estaba yo.

Y allí también estaban los feligreses de mayor edad, y eran mayoría. Sólo dos o tres caras juveniles se asomaron por allí, los de siempre: líderes de grupo, monaguillos y ayudantes de catequesis.

Salí de prisa tan pronto terminó la confesión. A diferencia de otros viernes, no tenía reunión del grupo juvenil, pero había planificado un retiro con los líderes de éste, cuestión de prepararnos para el caos. Semana Santa es para nosotros Pascua Juvenil, que a su vez significa prepararse para recibir a más de cien jóvenes, que esperan meriendas, comidas, temas, preguntas, repuestas, atenciones... No lo hemos dejado todo para último momento, hemos estado preparándonos desde febrero, pero no ha sido suficiente. Este año se le antojó a la luna que la Semana Mayor fuera más temprano de lo usual. ¿Hace cuánto no se celebraba en marzo?  He participado en unas siete Pascuas y todas han sido en abril. Este año nos ha cogido desprevenidos. La prisa no nos ha quitado los ánimos de recibir a esos jóvenes para llevarles la palabra de Dios para que puedan vivir la muerte y la Resurrección. Pero para eso hay que prepararse.

El lunes compré los materiales que faltaban y a peleé con la señora de las camisas porque no las había terminado. Laura me llamó para ir a la playa, le dije que no podía.

El miércoles, fue como siempre, el día más ajetreado de Semana Santa. Busqué donaciones y corrí hacia la iglesia a las diez de la mañana porque a esa hora llegaba la carpa que nos protege de sol, agua y sereno, y quería supervisar que la pusieran correctamente: aprendí del año pasado, cuando por alguna razón misteriosa- entiéndase chapucería de los que la montaron- el agua se metía para adentro.
Mi cuñada me llamó para decirme que tenía taquillas para el estreno de una película, no pude ir porque tenía que repasar los temas y dinámicas.

A última hora faltaron materiales por comprar, llamadas que realizar y cosas por ensayar. Más de treinta horas en la Iglesia no dieron para dejarlo todo listo.

La familia de mi novio se fue para Culebra, es obvio que tuve que quedarme. Jueves Santo fue el día en que recibimos a los cientos de jóvenes, que inquietos no paraban de preguntar a qué hora comían y cuando se iban. El ejercicio se repitió el Viernes y Sábado Santo. Mis compañeras de trabajo siempre planifican una fiesta para el Domingo de Resurrección. Las dejé plantadas como todos los años. No pude levantarme porque la madrugada del sábado terminamos muy tarde de recoger y limpiar todo. Mi Semana Santa fue un maratón que terminó a las tres de la mañana del domingo.


Ave María Purísima. Sin pecado concebida. Hace mucho tiempo que no me confieso. Pero con qué tiempo voy a hacerlo. Entre el trabajo, los nenes y la casa, no tengo espacio ni siquiera para mí.

Esta semana aproveché para adelantar los proyectos de la escuela. Juan tiene tres y Ana dos. Los maestros ya lo han cogido de costumbre: mandan un montón de trabajo “para que los nenes no se aburran en las vacaciones”. ¡Qué nenes ni nenes! Esos trabajos son para los padres. Los poquitos días que tengo libre, los tengo que invertir leyendo y buscando laminitas.

Los nenes querían ir para la Pascua que empezó el jueves, pero yo no tengo tiempo para andar carreteándolos. Tuve que lavar ropa y limpiar el baño, el viernes recogí los cuartos, barrí y mapeé y el sábado hubo práctica de volleyball y baloncesto. Si Francisco hubiera depositado la pensión a tiempo hubiese podido llevar a los nenes a la playa el domingo.

No lo hizo. Así que les dije que nos quedaríamos en casa trabajando en los proyectos y que de vez en cuando podíamos sentarnos a ver las películas. El viernes no dieron la novela porque pusieron “The Passion”... No estuvo tan mal, pero me perdí la novela. ¡Esperé todo el fin de semana para enterarme de quién era el hijo que espera María Alejandra.
Ave María Purísima. Sin pecado concebida. Hablé tremendo rato con Padre Ignacio. Me encanta confesarme con él y hablarle de mis preocupaciones. Cuando salí del confesionario todo el mundo me miraba mal. Que pantalones, si andaban con prisa no hubiesen ido a confesarse. Y una fila que había... todo el mundo espera a que se acerque la Semana Santa para ir a buscar el perdón. Yo no, la confesión es cosa sagrada. Todos los viernes voy donde Padre Ignacio.

El chequecito me llegó el lunes y aproveché para ir al supermercado y comprar par de libras de bacalao, sierra y tilapia. Ese mismo día llamé a la nena para decirle que viniera el viernes, para que comiera de la serenata que hice. Me dijo que vendría porque no tenía ganas de cocinar ese día.¡Me puse más contenta! Imagínate, hacía como tres semanas que no los veía. Pobrecita, es que no tiene tiempo, trabaja tanto. Y atender a ese marido toma tiempo... A él le gusta la casa limpiecita, la ropa planchadita y la comida preparadita. Eso sí, les dije que vinieran antes de las cinco, porque antes de esa hora yo estaba en la liturgia de la palabra. Y los despaché  antes de las ocho porque a esa hora salía el Vía Crucis.

Fueron los mismos de siempre. Esta juventud no se anima. En mis tiempos Semana Santa era para recogerse en su casa, ir a misa y regresar a la casa para las oraciones y ayudar con la comida. Ahora pasan por la iglesia y dicen “ni pa´ allá me asomo”. Bueno, se han inventado una actividad, una Pascua Juvenil, me dijo Padre Ignacio. Pero esos, esos fueron na´ más que por desordenar.       

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