No lo haces por ti, me susurré antes de dormir, lo haces por el amor al arte.
Lo había planificado como experimento motivado por algo que leí en algún sitio que no podía recordar: toda época y generación es lo que suena en su radio. Tanto como los sesentas se pueden resumir con los Beatles; los setenta, con la salsa gorda; los ochentas con el Heavy Metal y el Punk; los noventas y sus mediados, con la generación MTV; ¿se podría resumir la primera década del siglo XXI con el reggaettón? ¿Con Daddy Yankee, Wisín y Yandel? ¿Tiene esta generación un himno tan icónico como lo fue Imagine de Lennon? Si es así, ¿cuál es? ¿La Gasolina? ¿Siente el boom?
—Tengo que ir a una disco. A perrear.— Le dije a una amiga muy propensa a nadar en esos mares.
—¿A cuál?—Me preguntó y le mencioné algunas de las que tenía pensadas. Se rió, bebió de su lata de malta importada, le dio un mordisco a su BigMac. —Esas dos están calientes ahora mismo.
Pensé por un momento. Mencioné dos más.
—Esa está apagada, y en la otra hubo un tiroteo la semana pasada.— Terminó su almuerzo y se rascó la quijada. —Te puedes tirar a la nueva. La que abrieron por la Avenida Universidad.
Perfecto, pensé. Studio 54, así se llamaba, abrió a finales del verano de este año, luego de haber fracasado como disco gay. Era el primer local en el perímetro aledaño al Recinto de Río Piedras dedicado completamente al perreo, conjugación verbal del reggaettón.
—¿Vamos hoy?—le pregunté, sonriente. Alzó una ceja, incrédula. Ante su duda, le expliqué la situación.
—Hoy no se puede—comenzó, y me explicó cómo los mejores días para ir a perrear eran los martes y jueves. No pregunté por qué, supuse que tenía que ver con tabúes metafísicos de la subcultura reggaettonera y no quería perder mi cool.
—¿Te vas a afeitar antes de ir verdad? No puedes ir to’ tirau.— me dijo, y supe que acababa de encontrar mi primer obstáculo. Si quería experimentar la escena tenía que poder camuflagearme entre ellos.
Luego de seleccionar un uniforme bajo su escrutinio, me informó que no me podría acompañar cómo me lo había prometido, así que me vi obligado a buscar a otra persona, a otra amiga. Desafortunadamente, la que estuvo disponible padecía de mi mismo mal: no podía diferenciar a Wisín de Yandél, o a Rakím de Obi Wan.
Pero no nos importó, se vistió con la falda más corta que pudo, con los tacos más altos que tenía y cruzamos la avenida para llegar a la entrada. Hicimos la fila, levanté ambos brazos para que un bouncer me registrara, le verificaron la cartera. Ya no nos podíamos arrepentir. Un no-tan-largo pero serpentino pasillo oscuro nos llevó a un área plana, que tenía a un extremo una larga barra de madera, con todos sus asientos ocupados, y un bartender demasiado ocupado sirviendo tragos, y al otro, tres asientos individuales, dos ocupados por unas muchachas, y el último de ellos debajo de una pareja que se asistía con algún tipo foráneo de respiración boca a boca. (Entiéndase que el ámbito del área no lo capturé de un solo vistazo, pues tuve que escurrirme entre una masa de gente, que en un principio me pareció impermeable, para recorrer todas las esquinas.)
Al otro lado de la discoteca, había una tarima con un gigantesco 54 plateado pintado en la parte de atrás, estaba vacía. Mi amiga me llevó a la barra y me dijo que comprara unas cervezas, para no vernos tan fuera de lugar, pues ya varias personas la estaban mirando demasiado. Le sonreí e hice cómo me pidió, aunque me di cuenta que con los ojos que la miraban, aún con la cerveza, no eran con los ojos que se mira a alguien que está fuera de lugar, sino con los ojos que un buitre ataca carroña en el medio del desierto. No obstante, no estábamos en el desierto y para nada era mi amiga el único oasis disponible. Muy lejos de ello. Para mi sorpresa, que en un principio pensé que ese tipo de lugar debía tener más clientela masculina que femenina, la asistencia estaba muy bien balanceada entre los géneros y si alguna de las escalas pesaba más, debía ser el de las mujeres, pues hacia dondequiera que miraba me encontraba una melena moviendo sus carnes.
Allí nos sentamos y observamos. Así de simple. Cerveza tras cerveza hablamos y miramos, y nos reímos. Al rato, se me ocurrió sacar mi cámara digital y tomar fotos del lugar. Le dije a ella que se sentara y que hiciera como si estuviera posando, mientras le tomaba fotos al lugar. Logré sacar algunas, pero ninguna fue muy exitosa.
Volvemos a intentar luego, me dije.
No sé por qué me molesto en un principio. Tal vez fui demasiado iluso. Éramos un blanco fácil. O mejor dicho, mi amiga era un blanco fácil. Me imagino que el hombre que se acercó a nosotros para preguntarle qué si quería bailar nos debió haber estado observando desde que llegamos. Después de todo, mi amiga, en su falda mahón, había estado sentada con un cartelón en su cabeza que indicaba que estaba aburrida.
—Estoy acompañada—dijo ella y se rió.
—Pero estás sentá desde hace ratito, nena. Es pa’ bailar, no pa’ casarnos—dijo el tipo, con una labia que apestaba a leche cortada. Lo estudié de ojos a cabeza y sonreí por que satisfizo el estereotipo: camisa demasiado grande para su size, pelo teñido de anaranjado, mahones grandes y un medallón, perdón, un bling bling que tenía más diamantes que la corona de la Reina Isabela de Castilla.
Debo aceptar que no intervine en su intercambio, estaba demasiado entretenido pensando que si bailaban, podía sacar material para este escrito. Sin embargo, mi amiga me tomó de la mano, y volvió a denegarle la oferta al caballero y me susurró en un oído:
—Vente, vamos a bailar, para que se esté quieto.
Y así hicimos. Nos integramos al pelotón de personas, buscamos un lugar dónde no estuviéramos demasiado apretados y—me duele usar la palabra—perreamos. Habíamos bebido lo suficiente cómo para perder un poco las inhibiciones (consejo que me dio la amiga que me recomendó el lugar) y supuse que con las inhibiciones se pierde también un poco de humanidad y se gana un poco de actitud perruna. Mientras nos estrujábamos de lado a lado, miraba a los que estaban a mi alrededor, intentando imitar sus pasos, porque, como primerizo, sentía que todo el mundo me observaba aunque definitivamente el muchacho de las gafas que estaba a mi lado estaba demasiado ocupado imaginándose quién sabe qué tipo de cosa, mientras su pareja bajaba y subía a una velocidad impresionante arremetiéndole con sus glúteos a su área genital (y perdonen mi vocabulario médico). Al otro lado, había otra muchacha riéndose, meneándose del mismo modo que se meneaban las angelitas con las que soñé en mi pubertad.
Para mi sorpresa, detrás de muchas parejas que hacían más o menos lo mismo que nosotros, pero con más habilidad, descubrí un tubo. Para qué será ese tubo, me pregunté un tanto ingenuo. Descubrí otro en el otro extremo de la discoteca. Su uso me llegó mucho más tarde en la noche cuando, antes de irme, vislumbré a una muchacha flaca, con sus abdominales al aire, bailando con el largo objeto plateado, supongo que por falta de una pareja, mientras un grupo de hombres, tres de los cuales tenían gafas, gritaban y aplaudían.
Volví a la barra con mi amiga e intenté capturar algunas imágenes del lugar, sin embargo, para el cuarto disparo del flash de mi cámara un hombre alto, mucho más alto que yo y con muchísima más masa muscular se me acercó y en una voz intimidante me recomendó que escondiera la cámara.
—Aquí no puedes tirar fotos.
—Disculpa—le dije y la guardé en un bolsillo.
El tipo, otro bouncer, se quedó a mi lado un rato y mientras estuvo ahí, bebí de mi cerveza un tanto trinco y nervioso. Cuando se fue, mi amiga y yo recogimos nuestras cosas y huimos del lugar. Mientras escapábamos una canción me captó el oído: Siente el boom de este perreo intenso, quitate el guille, pausa, que estás en falda y se te ve to, flaqueaste, mi combo te ligó...
De todas las canciones que oí esa noche, creo que esa fue la mejor que explicó mi corta estadía. Al bajar las pequeñas escaleras hacia la salida, vimos una fila de gente esperando para entrar. Algún tipo gritó algo a mi compañera: ¡dios te bendiga! Pero ni ella ni yo miramos hacia atrás por miedo a volvernos piedra y ceniza, ala esposa de Lot. Sólo queríamos huir.
Llegué esa noche, me senté en la computadora y pensé en lo que me motivó en emprender la misión. ¿Somos nosotros el reggaettón que escuchamos en la radio? Recordé la gente haciendo fila para entrar, el bouncer, la inmensa cantidad de gente que estaba allí, el tipo de los diamantes, la mujer y su tubo, las proliferación de gafas en un ambiente demasiado oscuro para apenas ver sin ellas, las caras de diversión de las personas…Concluí que sí, la juventud puertorriqueña es lo que se escucha por la radio, mas, crucé los dedos ante la posibilidad de que aún cuando los Beatles sonaban por aquella radio setentosa hubiesen personas que prefiriesen apretar el botón de OFF de la misma manera que muchos de mis conocidos y yo hacemos. O tal vez, pensé mucho después, ya nadie escucha la radio.