Hacer un Puerto Rico con la fachada de principado, como se está entretejiendo con la presencia de Donald Trump y su complejo de golf en Río Grande, no aporta al desenlace de esta crisis fiscal que nos asota. No se está trabajando con problemas reales, tal vez se están creando nuevos y peores si tomamos en cuenta el deterioro de la naturaleza.
Es cierto que el País necesita buscar formas para aumentar su potencialidad y competitividad con el fin de levantar una economía en pedazos. Esto es innegable. La creación de campos de golf ayuda a la industria turística, gracias al flujo de cash flow que se procesa. Por ejemplo: un visitante de golf puede invertir más que diez familias de clase media hospedadas en las cabañas de Combate en Cabo Rojo durante el wikén de 4 de julio . Asimismo, el consumo extrahotelero e involucrado directamente al juego inyecta al erario público cantidades significativas, las mismas que se suman a la creación de empleos directos e indirectos. Todo parece ser ventajas. Pero mirar sólo este punto de vista y obviar la otra cara de la moneda puede confundirnos. Hay datos que no se dicen, caminamos por zonas que no sabemos a ciencia cierta qué son (por mi parte, no lo sabía).
Es alarmante el reguero de implicaciones ambientales que carga el desarrollo de un espacio destinado al golf. Comenzando: se necesitan condiciones específicas para la aclimatación y aplanado del suelo de alrededor 450.000 metros cuadrados, lo que es la media de un campo de 18 agujeros. El levantamiento de esta área requiere usos de solar y agua que trascienden los parámetros de conservación. Para hacer las pseudo-montañas en el campo, tienen que llevarse acabo excavaciones del subsolado, la acción de mezclar la tierra de tal forma que se logre una apariencia mullida. A simple vista esto no aparenta ser algo relevante. Mas lo es si nos percatamos que ese proceso de batido para confeccionar la serranía fusiona las capas del suelo que por su naturaleza, composición, fauna, minerales, etcétera no están aptas para consolidarse. Esta práctica altera el flujo orgánico, deparando en la contaminación sistemática del terreno. Se hace, en palabras claras, una melcocha imposible de tragar.
Por otra parte, para que un campo de golf tenga esa apariencia de Jardín del Edén, se tienen que verter sinnúmeros de fertilizantes y abonos que en determinado momento dejarán la tierra infértil, tal como si hubiese pasado por las manos de un urólogo.
En la mayoría de los casos, el desarrollo de esta instalación golfísta se da en zonas poco urbanizadas, con grandes extensiones espaciales. Un agricultor llora estas cuerdas de terreno en un país donde la economía agrícola cada año viene reflejando bajas para la posibilidad de adquirir nuevas tierras.
El agua es otro issue. Verde que te quiero verde, es la consigan de los dueños de hoteles, resorts y urbanizaciones de lujo que albergan en su mayoría los campos de golf en Puerto Rico. En el diseño de estos espacios está previsto la formación de áreas con apariencia frondosa. Para que esto se de, hacen falta más de 300 mil metros cúbicos de agua. Esta cifra es exorbitante si hacemos balance sobre la escasez de este líquido en diferentes zonas del País.
Un estudio de la Universidad de Córdoba en España, El turismo del golf y su impacto ambiental, propone que el agua que los campos de golf utilicen para el abastecimiento del terreno sea residual depurada, lo que significa rehusar la sustancia una y más veces para evitar el derroche. Esta práctica en la Isla pocos la barajan.
Evaluando estos datos y siendo consciente de mi falta de profundidad, grito la urgencia de legislar en función del daño que esto representa, en lugar de por sandeces. Los políticos, de una vez y por todas, tienen que poner la lupa en las letras que siempre son pequeñas. Debe haber controles y fiscalización hacia los desarrolladores de estos proyectos, no se les puede dar luz verde o amarilla, que es la del riesgo, para que construyan y deterioren nuestros recursos ambientales. Es necesario un plan de uso de terrenos adecuado que examine el despliegue de campos de golf, aparte tiene que prevalecer la exigencia del rehúse del agua depurada, entre otras posibilidades.
Si no se crea consciencia, veremos que Santini hará su agosto con las clases de golf que ofrece el municipio de San Juan. Todos tendremos que guardar en el baúl del carro un sets de palos y bolas, mientras transitamos por el paraíso estéril.