Dejémonos de rodeos: el día de San Valentín —más allá de globos, flores, chocolates, regalos e invitaciones a cenar— es el día en el que descubrimos, en algún momento de nuestras infancias,
que la vida no era tan bonita como nos la pintaron.
Sí, claro, los maestros de primaria se esforzaban en
explicarnos de dónde surgió el día: alguien había muerto
en algún lugar, en alguna cárcel, un tal Valentín,
cristiano de closet, había sido perseguido
por algún emperador romano que lo encarceló,
lo cuestionó, y, aún cuando lo condenaron, le hizo
un favorcito milagroso a alguien y curó a una niña
ciega.
Nunca cuestionamos sus principios, en realidad.
No nos importaba si el día existía por este aclamado
santo, o si existía porque originalmente los romanos
celebraban su día de lupercalia, un ritual de fertilidad en
el que los hijos de los nobles y de los magistrados corrían
desnudos por las calles. Lo que sí nos importaba, por más banal y
materialista que pueda sonar, era que la niña o el niño que nos gustaba
nos diera una de esas tarjetitas que nos prometían que serían nuestros
‘valentines’-- aún cuando no teníamos idea de lo que era ser el ‘valentine’
de alguien.
Lo que importaba era que si no nos daban una tarjetita, por lo menos nos
dieran un chocolate, un globo, una flor, que nos regalaran una paleta, para así
no llegar a donde nuestros amigos o a nuestras casas con las manos vacías, y
sufrir las incómodas preguntas de nuestros padres, mientras los veíamos
entregándose gigantescos ramos de flores, que se pudrirían al otro día, o inmensas cajas de chocolates, que perecerían en el frío encierro de la nevera.
Poco a poco, fuimos entendiendo lo confuso y peligroso que era el catorce de febrero: con cada obsequio que nos regalaban, crecían las expectativas para el año siguiente. Si nos daban una tarjetita, esperábamos dos; si nos daban un ramo de flores y una caja de chocolates, esperábamos un ramo de flores, una caja de chocolates, un globo y un peluche. Y así por el estilo. Se trataba del efecto de la bola de nieve, y con cada año que pasaba, y que pasa, descubríamos y descubrimos que la avalancha es cada vez más grande, que estamos obligados a superarnos año tras año, y tememos el día en el que nos quedemos en blanco, que lleguemos con las manos vacía a nuestras parejas y miremos como se decepcionan, por más que intenten esconderlo.
Sí, definitivamente fue el día de San Valentín que descubrimos que la vida no era color de rosa, y que a veces estamos obligados a participar de actividades culturales que no nos interesan, por miedo a llegar a donde nuestros amigos con las manos vacías, o a nuestras casas y sufrir las incómodas preguntas de nuestros padres. Pero, ¿qué más da? Levantemos los brazos, vistamos nuestra mejor camisa roja, la sonrisa más plástica, y deseémosle a todo el mundo un feliz día de san Valentín.